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BOLICHE
de José Luis Almirón -Mirá, para ver si me entendes te voy a poner un ejemplo.
-El otro día estaban, mamados, el Ñato Antúnez y el Perro Santillán, charlando. No te hacés una idea lo que era aquello.
-El Ñato hacía equilibrio en la silla. Donde alguien hubiera abierto la puerta de golpe, con ese suave movimiento de aire, se daba contra el suelo. Con decirte que ya había apuestas para ver quién acertaba para que lado caía. Yo pensaba que iba a ser para el lado del mostrador. El Ñato siempre anda al lado del mostrador.
El Perro estaba con medio cuerpo echado arriba de la mesa. Como a esa altura de la noche – y el vino - las palabras se ponen muy pesadas, cargaban unas frases y descansaban. Al rato seguían, sin perder el hilo de la conversación.
En un determinado momento el Ñato dice:
-Escuchame... cuando entraste...
-¿Cuando?
-Hoy... temprano... te vi rengueando.
-Ah... es que me agarró un remordimiento, dice, mirando para fuera como si estuviera mirando llover o hablando solo.
-Usté sabe don Perro... que mamado y todo... aún me doy cuenta de las cosas... Y que me deja ardiendo las moléculas del entendimiento tratar de comprenderlo... Un remordimiento... un remordimiento... vamos a ver como le explico... Un remordimiento le puede dejar rengueando el alma, pero en la puta vida la persona, le dijo, ¡así!, firme y recio como marcador de punta. De un tirón, como para no dejar lugar a dudas.
-Ñato,... ¿viste el bajo que hay viniendo del hospital?... Allí donde vivía el gordito aquél que en carnaval le gustaba disfrazarse de mujer... y al parecer terminó creyendo que todo el año es carnaval.
_ Lindo el gordito.
_ Bueno, allí mismo fue... Yo venía a hacer la cola para sacar número en el hospital... Aún no había amanecido y sin que me diera cuenta... como un relámpago... vino el perro del Matungo Vique y me dio un tarascón en la pantorrilla... Sentí un ardor tremendo... Rápidamente me di vuelta... miré el pantalón. Vi el rajo... Ni precisé mirar la pierna... entonces, revolee el bolso donde llevaba el termo y el mate... y el perro... ¿podés creer?... lejos de asustarse, me trajo de nuevo la carga... y me volvió a morder el hijo de puta... por lo que... utilizando adecuadamente el castellano... viene a ser un remordimiento. ¿Entendés?
-Allí fue donde todo el mundo largó la carcajada y el Ñato quedó desacomodado.
Al rato, pero mucho rato más tarde, cuando la charla había rumbeado por diferentes caminos, distrayendo nuestra atención en otros temas, pero no la del Ñato, quien seguía con esa espina clavada en su orgullo, se le sintió murmurar una frase que solo tenía sentido para quienes habíamos sido testigos de la charla anterior:
-No vaya a ser cosa que un día... este... venga a confesarnos que tuvo un sobrecogimiento.
-¡Eso es el boliche! ¿Porqué voy a andar buscando más explicaciones? ¿Porqué tiene que haber un porque? Las cosas son así y no hay otra. Son porque son. Ya estaban ahí cuando nosotros vinimos y lo único que hicimos fue seguir la senda. ¡Ta!. No hay otra.
Ya sé, ya sé que hay un millón de palabras. Lo que pasa es que no encuentro las que realmente te hagan entender. Bueno, entender me parece que no vas a entender nunca. Vos sos distinto ¡qué vas a entender!. Pero al menos me conformaría con las palabras que me hagan sentir tranquilo de mi intento. Están ahí. Todas están ahí, como en un bolillero. Sucede que doy vueltas y vueltas y nunca cae la palabra adecuada.... a ver... Si te digo que es el ambiente del boliche,... que me gusta el clima que se arma cuando estamos juntos y charlamos y jugamos al truco y tomamos un vino. ¡Sí, sí, ya sé que nunca es solo un vino!. Es que la charla te hace perder la cuenta. Pero ¿ves? Es un argumento rabón. Es, como te digo, escaso de palabras.
En el boliche siempre hay motivo para el festejo y si no lo hay lo inventamos y tá. ¿No hallás que es una ventaja poder festejar sin motivo aparente?
Pero dejame que siga ensayando mis pobres argumentos.
En eso estábamos, riéndonos de las ocurrencias del Perro y el Ñato, cuando vi entrar al viejo con su valija. Enseguida pensé que era un viajante. Quizás el del Oyama, con quién el Vasco me había prometido conseguirme un cenicero de cerámica. Por eso fue que puse especial atención en él. Ni bien abriera la valija y viera blanquear los ceniceros me le tiraba de cabeza, porque no te hacés una idea como son aquellos de abusadores y seguramente en un pestañar me dejaban sin nada.
Lo vi hablar muy animadamente con el Vasco, quién, al principio parecía no darle bola. Limpiaba una y otra vez con el repasador un vaso y luego lo ponía a trasluz para mirar el resultado del trabajo, cosa que enseguida atribuí al desinterés, porque el bolichero no es afecto a tanta pulcritud. Pero, luego de lo que seguramente habría sido la introducción, debajo de su bigote grande y pinchudo como cepillo de alambre, se dibujó una amplia sonrisa, prolongación de la que ya había adivinado en sus ojos. Se dieron la mano y el viejito volvió a salir ante el desinterés generalizado de la concurrencia, ocupada en los últimos detalles de la ida a una riña de gallos en Mercedes el domingo siguiente.
A ver muchachos si me dan una mano, dijo el Vasco, saliendo detrás del mostrador.
Mientras algunos movían mesas y sillas según sus indicaciones y otros iban a la trastienda a buscar unos esqueletos de cerveza, nos fue contando la novedad.
Esta noche les voy a ofrecer un número artístico.
Todo el mundo paró con lo que estaba haciendo.
Cada cobro de quincena en el Anglo es una fecha ideal para que aparezcan los más variados espectáculos en distintos puntos del pueblo. Así puede uno toparse con La Mujer Araña en la plaza, o encontrarse en la Cosmopolita con un concurso de resistencia de baile que puede durar diez o doce interminables días, o las mujeres tienen la oportunidad de emocionarse, en el Teatro de Verano, escuchando a Antonio Tormo cantando sus empalagosas canciones. Pero que el Vasco se arremangara invirtiendo en un artista era sin dudas, una novedad. ¡Más que una novedad! Era la revolución cultural.
Se reía viendo nuestra sorpresa.
Acabo de arreglar con el hombre, nos dijo. Contraté, recién llegado de Montevideo, a un ventrílocuo.
¿El qué? dijimos todos casi a coro.
Un ventrílocuo, no se dan cuenta, dijo haciéndose el canchero y escondiendo que hasta hace un rato tampoco él sabía que existía alguien con ese don.
Un ventrílocuo, es alguien que habla con el estómago- nos dijo- como si desde siempre hubiera manejado el concepto y que la dificultad en su pronunciación se debiera a los pelos del bigote.
¡Ah!, si es por eso hay que ver como me rezonga la panza cuando tengo hambre, dijo el Pulga.
Lo mismo le dije yo cuando vino a ofrecerse y viendo mi desconfianza, me hizo una demostración. ¡No lo podía creer!. Me estaba hablando con la boca cerrada. ¡Parecía cosa de Mandinga!
¡Un ventrílocuo! pensaban los que al lado del ventanal preparaban el escenario con los casilleros vacíos, los que acomodaban mesas y sillas, el que barría el salón, el que escribía en el pizarrón instalado en la vereda y seguramente los vecinos del barrio, donde la novedad se fue desparramando rápidamente. ¡En lo del Vasco esta noche hay un ventrílocuo! repetían, y nadie sabía de que estaban hablando.
En la esquina había un movimiento inusual desde temprano. A eso de la media tarde llegó la forchela de Zamora y tres o cuatro voluntarios se treparon a la caja para ir a buscar la nieve al Anglo. Las bebidas ya estaban acomodadas en los medio tachos y solo les faltaba recubrirlas con esas escamas congeladas que surgen del raspado de los caños de las cámaras frías.
El Ruso Voronesky se esmeraba en la limpieza del piso y cada uno de los habituales parroquianos tenía una tarea que cumplir. La expectativa era desmesurada. Casi podría decirse que en el resultado de la velada estaba en juego el prestigio de la casa. ¡Cómo no íbamos a colaborar entonces, si el boliche es nuestra segunda casa!
El Vasco había hecho colocar, desde el boliche al paraíso del otro extremo de la vereda, la guirnalda de luces de colores que tradicionalmente utiliza para los desfiles de carnaval. Aquello fue un jolgorio anticipado y prematuramente se fue arrimando gente. De todas partes de la ciudad vinieron. Con decirte que hasta se apareció el Salchichón Escalada, con quién la mayoría de los parroquianos estábamos enemistados. El delincuente este, haciendo de juez en un partido del campeonato de los barrios, allá en La Feria, nos robó una final cobrándonos un penal en contra que solo él vio. De casualidad, la noche de ese mismo domingo, cuando el Pan Mojado Ferreyra venía para el boliche, al pasar frente a su rancho vio llegar al delegado de ellos llevándole una mulita asada y cinco litros de vino. ¡Habrá que ser degenerado!
Descubrimos entonces que lo del ventrílocuo había sido una pegada. Así lo demostraban los tachos con las bebidas, que cada tanto había que ir reponiendo.
¡A la hora fijada aquello estaba de bote a bote! Aunque había gente en la vereda, el Vasco mandó a cerrar la puerta. De alguna manera quería hacer una diferencia entre quienes estaban consumiendo – y vaya si estaban consumiendo- y los mirones, “los que nunca son capaces de colaborar y desalientan en la inversión que demandan estos espectáculos”, decía, mandándose la parte, porque en realidad el viejo solo le había pedido permiso para realizar el número y que le dejara pasar la gorra.
Rápidamente la gente se fue ubicando. Los de la casa tuvimos la preferencia de encontrarnos en las mesas más cercanas al artista, más atrás estaba el resto de la concurrencia ocupando sillas o de pie a lo largo del mostrador. Justo a la hora señalada se hizo presente el viejo y un profundo silencio, hijo adoptivo de la expectativa, se fue adueñando del local. Noté un cambio en su postura. Si embargo, ahora que lo pienso, quizás no era tal, y solamente fue el producto de mi imaginación. Rápidamente lo había asociado a un viajante y resultó ser un artista. Tal vez esta nueva categoría estaba condicionando mi manera de valorarlo. Incapaz de enfrentar con éxito cualquier expresión cultural, debido a mi probada torpeza, eternamente he sentido una especial admiración por quién tiene el talento de crear algo y la habilidad para mostrarlo. Por otra parte, la humildad del pueblo y de mis recursos económicos, siempre han conspirado para tener la posibilidad del disfrute que presagiaba en ese instante. De allí quizás mi equívoco.
Subió al entarimado portando la valija. Podría tener unos sesenta años, quizás alguno más. Seguramente su cabellera había conocido otros momentos de gloria y como homenaje a ello, sus pocos pelos plateados de hoy lucen prolijamente peinados. Una expresión simpática le adorna la cara lampiña y ligeramente rosada, casi como la piel de un bebé. Un abrigado saco de color habano y un pantalón tostado que hace juego, habla del cuidado que dispensa para su puesta en escena. Los zapatos impecables, lo transforman en un hombre capicúa, teniendo en cuenta el brillo de su calvicie.
Enciende un cigarro, se sienta y extrae de la valija un muñeco. Podría pensarse que eran hermanos. Pulcramente vestido, sentado sobre la rodilla del hombre, se despereza, seguramente entumecido por años de valija. Mira a uno y otro lado y ante nuestra incredulidad, con voz de niño dice: ¿Dónde me trajiste hoy Renato?
Estamos en Fray Bentos, en compañía de estos buenos amigos.
A partir de allí se da inicio a un dialogo cargado de momentos jocosos, y a veces tiernos. El hombre es muy bueno en lo que hace, tiene un gran manejo del escenario y rápidamente nos deja cautivados, a veces haciéndonos olvidar la condición de muñeco de su compinche.
Con el espectáculo ya iniciado y abriéndose paso, muchas veces no muy cortésmente, el Negro Latero consigue entrar al boliche y poco a poco acercarse al mostrador y se estaciona en el extremo más alejado del escenario. Ni idea tenía de que se trataba el espectáculo. Cuantos se encuentran delante de él le dan la espalda, absortos en el ventrílocuo. Muchas veces sus cuerpos se estremecen sacudidos por la risa, aplauden y sin quererlo, comienzan a formar parte del espectáculo.
¡Viva el Partido Nacional! grita el Chancho Aguirre que bastante pasado en las uvas no sabía como demostrar la emoción que sentía y no encontró mejor manera de hacerlo que vivando a los suyos, ante el jolgorio de la concurrencia.
Dame una caña, pide el Negro y despaciosamente comienza a dar cuenta de ella, sopesando su contenido con el contenido de sus flacos bolsillos. Instantes más tarde, habiendo observado a su vecino inmediato gozando del entretenimiento, completamente absorto, metido en él en cuerpo y alma, le cambia su copa semi vacía por la casi llena de este. Sin que el otro se diera cuenta, el hecho se repite una y otra vez. En eso estaba. Su natural picardía lo aleja del entorno y se concentra en los movimientos de su inesperado benefactor. Como era previsible, al poco rato estaba en pedo. No contento con su proeza decide rematar la faena. Empina su copa, la vacía y se la mete en el bolsillo del saco. Hace lo propio con la de su vecino.
El ventrílocuo ha comenzado a bromear con su público. El muñeco resalta grotescamente los detalles de uno y otro, la embriaguez de aquel, la dificultad de aquél otro para armar un tabaco, trabucados los dedos por el alcohol. Justo en ese fatídico instante gira la cabeza y lo ve al Negro.
¡Hay. lo que acabo de ver! dice, llevándose ambas mano a la cabeza. El público calla a la espera de una nueva chuscada.
Cuénteme Fermín, le dice suavemente el hombre.
¡No, yo no le voy a decir nada, porque usted nos va a meter en un lío!.
Vamos Fermín, cuénteme. Somos grandes y nos conocemos.
Es que precisamente por eso no le digo. Se va a armar lío.
Por lo menos dígamelo al oído. Y dobla su torso hasta poner su cabeza junto a la del muñeco.
¡Nooo! No me diga...¡Noo! Tenemos que decirle al dueño.
¡VIO, por eso yo no quería contarle! Usted no aguanta nada. Vamos a decirle, vamos a decirle y siempre el que quedo regalado soy yo.
Pero ¿cómo no le vamos a decir a este hombre que ha sido tan bueno con nosotros, que aquél morocho que está en la punta del mostrador acaba de ponerse dos vasos en el bolsillo?
Todos los ojos giran y se clavan en el Negro Latero y en el corpachón del Vasco que, tirando a un lado el repasador, sale de atrás del mostrador, le mete la mano en un bolsillo y saca un vaso y hace lo propio con el otro bolsillo, ante la risotada y el griterío de la gente. Luego lo agarra del saco y del fundillo y como si tirara un paquete con bollos, lo saca afuera, cerrando violentamente la puerta, previa recomendación de que no le pisara más el boliche.
La gente aplaude. Si hasta parecía que hubiera estado combinado, como si fuera una parte más del espectáculo.
Allá quedó el Negro, caliente, del otro lado de la puerta mientras la gente sigue gozando adentro.
Hubo un momento en que fue tanta su indignación que ya no pudo contenerse. Abrió un poco la puerta, poco más de una hendija. Previniéndose, puso el pie para evitar que se la cerraran y desde su borrachera, pero fundamentalmente desde su inocencia, le salió en un grito la rabia contenida: ¡Ya vas a ver cuando salgas, enano alcahuete! sentenció al muñeco.
Allí está el boliche. Casi mi casa.
No vayas a pensar, inducido por mi relato, que la vida se hace la distraída al pasar frente a su puerta. No. Ella entra cada día. Se sienta junto a nosotros y con nosotros charla. A veces, muchas veces, pone en nuestras bocas palabras que en otros lados nunca hubiéramos dicho, aquellas cuya paternidad los filósofos de barrio atribuyen al vino. No. Es la vida. La vida, que por distintas circunstancias, y a veces sin ellas, aunque las usemos como pretextos, nos ha ido arrinconando en este ambiente de bohemia y de hermandades que el alcohol desata.
Allá. ¿ves? Aquella mesa que está en el rincón podría decir que es mi escritorio. Allí calladamente fabrico sueños, me invento vidas, arreglo el mundo, hasta que alguien llega e invita a un truco.
Vení, pasa. Tomamos una y después seguí, que a vos el tiempo no te espera.
José Luis Almirón
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